Así derrotó Hezbolá a Israel

Mark Perry & Alastair Crooke

Traductor: Traducido por Sinfo Fernández y Sonia Martínez y revisado por Caty R.

PARTE 1: Ganando la guerra de la inteligencia
El experto militar estadounidense, Anthony Cordesman publicó, cinco años después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, un informe sobre el conflicto entre Israel y Hezbolá. El texto, titulado “Lecciones preliminares sobre la guerra entre Israel y Hezbolá” suscitó gran interés en el Pentágono, donde fue analizado por profesionales del equipo de jefes de personal y corrió de mano en mano entre los expertos militares de Washington. Cordesman no ocultó sus modestas conclusiones al reconocer que su estudio no sólo era “preliminar”, sino que además no había tenido en cuenta cómo luchó Hezbolá en el conflicto y tampoco había analizado sus resultados.

“Este análisis es… limitado” apuntó Cordesman, “porque no se llevó a cabo ninguna visita de comprobación a Líbano y a Hezbolá”. Aunque incompleto, el estudio de Cordesman cumplió dos objetivos: ofreció las bases para entender la guerra desde el punto de vista israelí y planteó algunas cuestiones acerca de cómo y lo bien que luchó Hezbolá. Cerca de dos meses después del fin de la guerra entre Israel y Hezbolá, es posible rellenar algunos de los espacios en blanco que dejó Cordesman en su informe.

El análisis que ofrecemos aquí también es limitado. Los oficiales de Hezbolá no hablarán ni en público ni para la prensa, acerca de cómo lucharon en el conflicto; no detallarán su despliegue y no discutirán su estrategia futura. Pese a todo, las lecciones sobre la guerra desde la perspectiva de Hezbolá están surgiendo ahora y los estrategas israelíes y estadounidenses empiezan a sacar algunas pequeñas enseñanzas gracias a ellas. Nuestras conclusiones se basan en valoraciones sobre el terreno llevadas a cabo durante la guerra -gracias a entrevistas con expertos militares israelíes, norteamericanos y europeos-, en análisis del conflicto efectuados en discusiones con estrategas militares y en una red de oficiales de alto rango en Oriente Próximo con los que hemos hablado, que estaban muy interesados en el resultado de la guerra.

Nuestra conclusión global contradice el punto de vista actual de algunos oficiales de la Casa Blanca e israelíes: que la ofensiva de Israel en Líbano perjudicó significativamente la habilidad de Hezbolá para proseguir la guerra, que Israel mermó la capacidad de Hezbolá de ganar la guerra en un conflicto futuro y que las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF, en sus siglas en inglés), una vez desplegadas en gran número en el sur del Líbano, fueron capaces de vencer a sus adversarios y dictar un acuerdo favorable para el sistema político israelí.

La verdad es exactamente lo contrario. Desde los comienzos del conflicto hasta las últimas operaciones, los comandantes de Hezbolá penetraron satisfactoriamente en el ciclo de toma de decisiones tácticas a través de una red de operaciones de espionaje, militares y políticas, con el resultado de que Hezbolá consiguió una decisiva y completa victoria en la guerra contra Israel.

La guerra de la inteligencia
Al principio del conflicto, el secretario general de Hezbolá, Hassan Nasralá, admitió que la respuesta militar de Israel a la captura de dos de sus soldados y la muerte de otros ocho a las 9.04 de la mañana del 12 de julio, le pilló por sorpresa.

El comentario de Nasralá terminó con los informes de prensa que afirmaban que Hezbolá se había propuesto provocar una guerra contra Israel y que las capturas eran parte de un plan aprobado por Hezbolá e Irán. Aunque Hezbolá había dejado claro durante un periodo de años que tenía la intención de secuestrar a soldados israelíes, existían buenas razones para suponer que no lo hubiera hecho durante los meses de verano, cuando numerosas familias adineradas shiíes de la diáspora podrían estar visitando Líbano (y gastando su dinero en las comunidades shiíes) y cuando se esperaba la llegada al país de un gran número de árabes del Golfo.

Tampoco es cierto, como se dijo en un principio, que Hezbolá coordinara sus actividades con Hamás. A Hamás las capturas le tomaron por sorpresa y aunque su líder defendía las acciones de Hezbolá, es fácil discernir, mirando hacia atrás, que no le debió de hacer gracia: durante el conflicto, Israel lanzó multitud de operaciones militares contra Hamás en Gaza, matando a docenas de combatientes y civiles. Esta ofensiva pasó totalmente desapercibida en Occidente, resucitando el dicho “cuando Oriente Próximo arde, olvidamos a los palestinos”.

En realidad, la captura de los dos soldados israelíes y la muerte de otros ocho tomó al líder de Hezbolá por sorpresa. Esta acción se llevó a cabo sólo porque las unidades de Hezbolá destinadas en la frontera israelí tienen órdenes permanentes de aprovechar la debilidad militar israelí. El propio Nasralá había señalado tiempo atrás la intención de Hezbolá de prender a soldados israelíes, después de que el ex primer ministro Ariel Sharon incumpliera la ratificación de los acuerdos –tres en total- acerca de la liberación de todos los prisioneros de Hezbolá durante el último intercambio de prisioneros entre Hezbolá e Israel.

Las capturas fueron, en realidad, sencillísimas: los soldados israelíes que están cerca de la frontera al parecer incumplieron los procedimientos habituales de actuación, dejaron sus vehículos a la vista de los emplazamientos de Hezbolá y lo hicieron cuando estaban sin comunicación con el comandante de mayor rango y sin posibilidad de ser cubiertos del fuego enemigo.

Observamos que mientras los medios de comunicación occidentales se olvidaron de informar sobre estos aspectos, el periódico israelí Haaretz confirmaba sustancialmente este informe: “Una fuerza de tanques y carros de blindaje se envió inmediatamente a Líbano en una persecución intensa. Fue durante esta persecución, alrededor de las 11 de la noche, cuando un tanque Merkava pasó por encima de una bomba muy potente, que contenía aproximadamente de 200 o 300 explosivos, a una distancia de unos 70 metros al norte de la valla de la frontera. El tanque quedó prácticamente destrozado y los cuatro miembros de la tripulación murieron instantáneamente. En las horas siguientes los soldados del ejército israelí mantuvieron un feroz enfrentamiento contra los pistoleros de Hezbolá… En el transcurso de esta batalla, alrededor de las 3 de la tarde, murió otro soldado y dos más resultaron ligeramente heridos.”

Los secuestros marcaron el inicio de una serie de meteduras de pata de las IDF: hubo comandantes que actuaban fuera de los procedimientos normales en la frontera; algunos miembros de la patrulla estaban en sus últimos días de su desplazamiento en el norte y habían bajado la guardia. Tampoco es cierto que los soldados de Hezbolá mataran a los ocho israelíes durante la captura de los otros dos. Los ocho murieron cuando un comandante de la frontera de las IDF, aparentemente avergonzado por haber ignorado los procedimientos permanentes de actuación, ordenó a los vehículos blindados perseguir a los secuestradores. Los dos vehículos blindados se adentraron en una red de minas antitanque de Hezbolá y resultaron destruidos. Los ocho soldados de las IDF murieron durante esta operación o como resultado de los combates que siguieron inmediatamente.

Que una unidad de las IDF deambule tan cerca de la frontera sin que nadie le cubra del fuego enemigo y quede expuesto a un ataque de Hezbolá, ha llevado a los oficiales israelíes a cuestionarse si la unidad estaba actuando sin la aprobación de un mando superior.

Parece que los comandantes de alto rango de las IDF, inmediatamente después del incidente, propusieron una comisión interna de investigación para determinar los hechos que envolvieron el asunto y para revisar los procedimientos de las IDF en el control de las unidades que operan a lo largo de la frontera norte de Israel. Los resultados de las conclusiones a las que llegó esta comisión todavía no se han publicado.

A pesar de la sorpresa con la que recibieron la respuesta israelí, los guerrilleros de Hezbolá en el sur de Líbano se pusieron en alerta máxima en unos minutos tras los secuestros y los superiores alertaron inmediatamente a los comandantes de arsenal. Las sólidas y endurecidas defensas de Hezbolá son el resultado de seis años de diligente trabajo, que empieza con la retirada israelí de la región en el año 2000. Muchos de los búnker de mandos creados y diseñados por los ingenieros de Hezbolá estaban fortificados, algunos incluso tenían aire acondicionado.

La excavación de los arsenales a lo largo de los últimos años ha estado acompañada por un programa de engaño, en el que algunos búnker se construyeron sin ocultarse, bajo la mirada de los tanques israelíes o de ciudadanos a los que les unen fuertes lazos con éstos. Salvo excepciones, estos búnker eran señuelos. Otros se construyeron en áreas alejadas de la población libanesa. Los más importantes búnker de mando y de arsenales de armas estaban excavados muy profundamente en las montañas rocosas de Líbano –a una profundidad de 40 metros-. Alrededor de 600 búnker, tanto de armas como de municiones, estaban situados estratégicamente en la región sur del Litani.

Por razones de seguridad, ningún comandante sabía la localización de cada uno de los búnker y cada milicia de Hezbolá tenía asignado el acceso a tres de ellos solamente –uno de municiones y dos de reserva, por si destruían el primero-. Los puntos de formación, separados unos de otros, también estaban asignados a distintas unidades de combate, a las que se les asignaban áreas de combate específicas para armarse y combatir. Los protocolos de seguridad para la formación de las tropas se mantenían diligentemente. Ningún miembro de la milicia de Hezbolá conocía la estructura de los búnker.

Los principales arsenales y puntos de formación militar de Hezbolá fueron localizados por la Fuerza Aérea Israelí (IAF en sus siglas en ingles) en las primeras 72 horas de la guerra. Los comandantes israelíes habían identificado estos búnker a través de una mezcla de informes de espionaje, interceptando señales de las comunicaciones de Hezbolá, con fotos vía satélite recogidas gracias a acuerdos de cooperación con los militares estadounidenses, fotos conseguidas gracias a los vuelos de la IAF sobre la región, fotos realizadas a través de aviones fantasma desplazados a lo largo del sur de Líbano y, el punto más importante: una red de espías de confianza reclutados por agentes de inteligencia israelíes que viven en el sur de Líbano, incluyendo a un gran número de ciudadanos extranjeros (no libaneses) acogidos como trabajadores invitados en el país.

Los ataques iniciales sobre los puntos de formación de Hezbolá así como sobre los mayores complejos de búnker, que tuvieron lugar en las primeras 72 horas de la guerra, fallaron. El 15 de julio, la IAF localizó al líder de Hezbolá en Beirut. Este ataque también falló. En ningún momento de la guerra asesinaron a ninguna figura política importante de Hezbolá, a pesar de la insistencia de Israel en asegurar que los dirigentes más antiguos de la organización habían sufrido pérdidas.

Según un oficial del ejército estadounidense que observó de cerca la guerra, la ofensiva aérea de la IAF acabó con “como mucho con el 7% de los recursos militares totales de los guerrilleros de Hezbolá en los tres primeros días de lucha”, además, añadió que, en su opinión, los ataques aéreos israelíes sobre los dirigentes de Hezbolá fueron “absolutamente inútiles”.

Los informes que aseguran que la cúpula de dirigentes de Hezbolá buscaron refugio en la Embajada de Irán en Beirut no son ciertos, aunque no se sabe a ciencia cierta dónde buscaron cobijo. “Ni siquiera yo sabía dónde estaba”, dijo el líder de Hezbolá, Nasralá a uno de sus compañeros. Pese a todo, no es cierto que los planes militares de Israel para destruir las infraestructuras de Líbano fueran el resultado de la incapacidad de la IAF de derrotar la capacidad militar de Hezbolá en los primeros días de la guerra.

Los planes militares israelíes requerían un rápido y sostenido bombardeo de las mayores autopistas y puertos de Líbano, además de la destrucción de los recursos militares y políticos de Hezbolá. El gobierno israelí no ocultó su intento de terminar con el apoyo a Hezbolá en las comunidades cristiana, sunní y druze. Esta idea, castigar a Líbano por esconder a Hezbolá y poner a la gente en contra de la milicia, forma parte de la ofensiva israelí desde la retirada del sur de Líbano en el año 2000.

Mientras los oficiales del Ejército de Defensa Israelí anunciaban, en público y en privado, el éxito de su ofensiva, sus comandantes recomendaban que el primer ministro, Ehud Olmert aprobara salidas aéreas contra alijos potenciales en áreas marginales al final de la primera semana de bombardeos. Olmert aprobó estos ataques, a sabiendas de que con esta solicitud, sus oficiales estaban admitiendo que sus valoraciones iniciales sobre el daño infligido a Hezbolá eran exageradas.

Qana fue el resultado de la aceptación de Olmert de “cercar el área de los objetivos”. Un experto militar de Estados Unidos que siguió el conflicto de cerca, dijo lo siguiente sobre el bombardeo de Qana: “No es tan complicado. Tras el fallo de la primera campaña, los oficiales de la IAF volvieron a revisar sus informes sobre los objetivos para ver si habían olvidado algo. Cuando decidieron que no había olvidado nada, probablemente alguien se levantó y fue a otra habitación. Volvió con un juego de sobres con nuevos objetivos en áreas densamente pobladas y dijo: ‘hey, qué pasa con estas carpetas de objetivos’?, y así lo hicieron”. Así pues, el bombardeo de objetivos en zonas cercanas a las áreas pobladas del sur de Líbano fue el resultado de los fallos de Israel en la guerra y no de su triunfo.

La “ampliación de objetivos” fue a más a lo largo del conflicto; frustrada por su incapacidad para identificar y destruir los más importantes recursos militares de Hezbolá, la IAF empezó a señalar como objetivos las escuelas, centros comunitarios y mezquitas, pensando que su incapacidad de encontrar y destruir los búnker de Hezbolá quería decir que éstos escondían sus principales recursos en centros civiles.

Los oficiales de la IAF también argumentaron que la capacidad de Hezbolá para continuar con sus ataques a Israel con cohetes significaba que su milicia se reabastecía constantemente. Qana es una encrucijada, la unión de cinco autopistas separadas, situada en el corazón de los territorios de Hezbolá. Destruir la cadena de suministros de Qana ofreció a la IAF la posibilidad de probar que Hezbolá sólo era capaz de mantener sus operaciones gracias a la dependencia del suministro que le ofrecía la ciudad. En realidad, pese a todo, los comandantes de las IDF sabían que ampliar el número de objetivos en Líbano probablemente haría poco por mermar las capacidades de Hezbolá, ya que ésta mantenía sus ataques sin depender del reabastecimiento, sino de las armas y alijos de cohetes que había reforzado previamente para resistir a la destrucción israelí. Debido a los sucesos de Qana, en los que murieron 28 civiles, Israel accedió a promulgar un alto el fuego de 48 horas.

El alto el fuego fue la primera prueba del éxito de Hezbolá en la resistencia contra los ataques aéreos israelíes y de su interés por preparar una defensa prolongada y sostenida del sur de Líbano. Los comandantes de Hezbolá respetaron el alto el fuego acatando órdenes de sus superiores políticos. Salvo una o dos excepciones aisladas, no lanzaron ningún cohete a Israel durante ese período de alto el fuego. Mientras que la capacidad de Hezbolá de acatar la tregua fue ignorada por expertos de inteligencia israelíes y norteamericanos, su habilidad para reforzar la disciplina de sus comandantes en activo supuso claramente un shock para los comandantes de alto rango de las IDF, quienes concluyeron que la capacidad de comunicación de Hezbolá había sobrevivido al violento ataque aéreo de Israel, que el líder de Hezbolá estaba en contacto con sus comandantes sobre el terreno, y que estos comandantes eran capaces de mantener una robusta red de comunicaciones a pesar de la destrucción israelí.

Más simple: la habilidad de Hezbolá para mantener el alto el fuego significaba que el objetivo de Israel de separar a los guerrilleros de Hezbolá de su estructura de mando (considerado una necesidad por los ejércitos modernos para hacer la guerra en un campo de batalla tecnológicamente sofisticado) había fallado. Los comandantes de alto rango de las IDF sólo podían llegar a una conclusión: la información que obtuvieron antes de la guerra acerca de los recursos militares de Hezbolá era, por lo menos, deplorablemente incompleta o, en el peor de los casos, terriblemente equivocada.

De hecho, a lo largo de un periodo de dos años, los oficiales de espionaje de Hezbolá, construyeron un significativo sistema de identificación de las señales de actividades de espionaje. A lo largo de la guerra, los comandantes de Hezbolá fueron capaces de predecir cuándo y dónde podían atacar los soldados y las bombas israelíes. Además, Hezbolá había identificado a espías israelíes decisivos en Líbano. Un mes antes del secuestro de la patrulla de las IDF y del subsiguiente ataque israelí, los espías libaneses habían roto una red de espionaje que operaba dentro del país.

Los espías libaneses (y de Hezbolá) arrestaron al menos a 16 espías israelíes en Líbano, aunque no lograron capturar al jefe de la red. Además, durante dos años, desde 2004 hasta la víspera de la guerra, Hezbolá “convirtió” de manera exitosa a cierto número de civiles libaneses para que informaran a los oficiales de inteligencia israelíes acerca de la ubicación de los alijos militares más importantes de Hezbolá en el sur de Líbano. En un pequeño número de casos cruciales, los espías de alto rango de Hezbolá fueron capaces de suministrar información falsa acerca de la ubicación de los emplazamientos de sus milicias más importantes a Israel, con el resultado de que las carpetas que recogían los objetivos clave de Israel identificaban emplazamientos estratégicos que, de hecho, no existían.

Finalmente, la capacidad de Hezbolá para interceptar y “leer” las acciones de Israel tuvo un impacto decisivo en la siguiente fase de guerra sobre el terreno. Los espías de Hezbolá habían perfeccionado tanto su capacidad de captar señales de espías, que podían interceptar las comunicaciones por tierra israelíes entre los comandantes militares. Israel, que depende de un sistema altamente sofisticado de captación de frecuencias, que permite a sus comandantes comunicarse entre sí, subestimó la habilidad de Hezbolá para llegar a dominar la tecnología de la captación de señales. El resultado pudo tener un impacto crucial en los cálculos de Israel acerca de que únicamente la sorpresa podría facilitar la victoria a sus soldados.

Ahora es evidente que el sistema político israelí quedó “tocado” por el fallo de sus fuerzas armadas que no consiguieron ni la degradación de un número significativo de arsenales de Hezbolá ni la destrucción de la capacidad de mando de ésta.

Pero el sistema político israelí no ha hecho prácticamente nada para prepararse para lo peor: la primera reunión del gabinete de defensa israelí tras los secuestros del 12 de julio sólo duró tres horas. Y mientras Olmert y su gabinete de defensa solicitaban detalles al minuto acerca de los planes para los tres primeros días de ofensiva de las IDF, fallaron en la articulación de metas políticas claras para después del conflicto o en crear un borrador para una salida política estratégica en el caso de que la ofensiva fallara.

Olmert y su gabinete violaron el primer principio de la guerra: mostraron desprecio por su enemigo. Con todos los respetos, Olmert y su gabinete estaban cegados por una incuestionable seguridad en la eficacia de la disuasión israelí. Igual que el pueblo israelí, veían como un sacrilegio cualquier cuestionamiento de las capacidades del ejército israelí.

El fracaso de la inteligencia israelí durante el conflicto fue catastrófico. Significaba que, tras el fiasco de la campaña por aire para derrotar los recursos de Hezbolá en las primeras 72 horas de la guerra, la oportunidad de Israel para conseguir una victoria decisiva contra Hezbolá era cada vez más improbable.

“Israel perdió la guerra en los tres primeros días”, explicaba un experto militar estadounidense. “Si tienes este tipo de sorpresa y tienes este tipo de poder armamentístico, deberías haber ganado. De otro modo, te queda guerra para un largo recorrido”.

Los oficiales de alto rango de las IDF concluyeron que, dado el fracaso de la campaña por aire, sólo tenían una alternativa: invadir Líbano con tropas de tierra con la esperanza de derrotar la resistencia de Hezbolá.

PARTE 2: Ganando la guerra por tierra
La decisión de Israel de lanzar una guerra por tierra para lograr lo que su fuerza aérea no pudo conseguir, se desarrolló de forma vacilante y caótica. Mientras las unidades de las IDF llevaban a cabo incursiones en el sur de Líbano durante la segunda semana del conflicto, el mando militar israelí permaneció indeciso sobre cuándo y dónde –e incluso si- desplegar sus unidades terrestres.

En parte, la indecisión del ejército sobre cuándo, dónde y si desplegar sus unidades terrestres más importantes estaba en función de las posibilidades de la fuerza aérea para alcanzar la victoria. La IAF estuvo todo el tiempo declarando que tendría éxito desde el aire con sólo un día más, y después de éste, otro más. Esta indecisión se reflejó en la incertidumbre de los medios occidentales sobre cuándo se produciría una campaña terrestre o si, de hecho, se había producido ya.

Los altos oficiales israelíes continuaron diciendo a sus contactos en la prensa que el inicio de una ofensiva terrestre era un secreto tan celosamente guardado que ni ellos mismos lo sabían. Las vacilaciones también eran producto de la experiencia de las pequeñas unidades de las IDF que ya habían penetrado al otro lado de la frontera. Por lo menos desde el 18 de julio, las unidades especiales de las IDF que operaban en el sur del Líbano estaban informando a sus comandantes de que las unidades de Hezbolá estaban luchando con tenacidad para mantener sus posiciones en primera línea frente a Israel.

En ese momento, el Primer Ministro Ehud Olmert tomó una decisión política: desplegaría todo el potencial de las IDF para derrotar a Hezbolá al mismo tiempo que sus altos colaboradores daban a conocer la voluntad de Israel de aceptar un alto el fuego y el despliegue de una fuerza internacional. Olmert determinó que Israel no daría su brazo a torcer: aceptaría el despliegue de una fuerza de Naciones Unidas, pero sólo como último recurso.

En primer lugar decidió que Israel comunicaría que sí aceptaba fuerzas de la OTAN. El 21 de julio, de acuerdo con esta estrategia, llamaron a las fuerzas de reserva israelíes al frente. Ese llamamiento a filas por sorpresa (en principio, las IDF intentaban primero derrotar a Hezbolá por el aire, y después, si eso fallaba, usarían sus fuerzas regulares, pero sin llamar a filas a los reservistas) hizo que el despliegue inicial de los reservistas fuera apresurado y sin coordinación. (Es probable, repito, que Israel no pensara llamar a filas a sus reservistas durante el conflicto; de haberlo pensado los hubiera llamado mucho antes).

Además, la decisión de llamar a los reservistas cogió por sorpresa a los oficiales superiores de esas fuerzas, cuando normalmente son los primeros que conocen una llamada a filas. Ese llamamiento a la reserva se manejó de forma caótica, demorándose la “cola” de la reserva, el apoyo logístico, entre 24 y 48 horas tras el despliegue de esas fuerzas.

El llamamiento del 21 de julio fue un síntoma claro para los estrategas militares del Pentágono de que la guerra de Israel no iba bien. También ayuda a explicar por qué las tropas de reserva llegaron al frente sin el equipamiento necesario, sin un plan coherente de batalla y sin la munición necesaria para poder desenvolverse en combate. (Durante todo el conflicto, Israel se esforzó en proporcionar apoyo adecuado a sus fuerzas de reserva, pero los alimentos, la munición e incluso el suministro de agua llegaron a las unidades de 24 a 48 horas después de su aparición en las zonas asignadas para su despliegue en el norte).

Los observadores militares percibieron inmediatamente los efectos de esta situación: “las tropas israelíes parece que no están preparadas, actúan de forma chapucera y desmoralizada”, indicó un ex alto comandante, “ésa no es la exultante IDF que vimos en guerras anteriores”.

En concordancia con la estratagema política de Olmert, el objetivo de las IDF de destruir totalmente a Hezbolá iba mermando considerablemente. “Hay un espacio entre nuestros objetivos militares y nuestros objetivos políticos”, dijo el General-Brigadier Ido Nehushtan, miembro del estado mayor de Israel, al día siguiente del llamamiento a los reservistas. “El objetivo no es necesariamente eliminar todos los cohetes de Hezbolá. Lo que tenemos que hacer es desbaratar la lógica militar de Hezbolá. Diría que esa meta no es cuestión de días”.

Este fue un modo decididamente extraño de presentar una estrategia militar, de dirigir una guerra para “desbaratar la lógica militar” del enemigo. La declaración de Nehushtan fue un jarro de agua fría sobre los comandantes de las IDF terrestres, que se empezaron a preguntar cuáles eran exactamente las metas de la guerra. Pero otros comandantes de las IDF seguían siendo optimistas –aunque la IAF había fracasado a la hora de cortar los ataques con cohetes de Hezbolá sobre las ciudades israelíes-, al haberse disparado menos cohetes hacia Israel desde el 19 al 21 de julio que en cualquier otro momento (muy pocos el 19 de julio, alrededor de unos 40 el día 20 y 50 el día 22).

El 22 de julio marca también el primer momento en que EEUU respondió militarmente al conflicto. A última hora del 21 de julio, la Casa Blanca recibió una petición de Olmert y de las IDF para que les suministrara gran cantidad de munición guiada de precisión, otro indicador de que la IAF había fracasado en su misión de degradar los recursos militares de Hezbolá de manera significativa durante las etapas iniciales de la guerra.

La petición se aprobó con rapidez y el 22 de julio por la mañana se empezaron a enviar municiones a Israel. Los altos funcionarios del Pentágono estaban consternados por el envío, ya que significaba que Israel había gastado la mayor parte de sus municiones durante los primeros diez días de guerra: una previsión enorme de gasto que sugería que Israel había abandonado el bombardeo táctico de las posiciones de Hezbolá y se preparaba para una embestida violenta contra lo que quedaba de la infraestructura de Líbano, una estrategia que no había funcionado durante la II Guerra Mundial, cuando los Estados Unidos y Gran Bretaña destruyeron los 66 centros de población más importantes de Alemania sin producir ningún efecto perceptible sobre las capacidades militares o la moral alemanas.

Pero hubo pocas quejas por parte del Pentágono, aunque un alto funcionario en activo observó que el despliegue de munición estadounidense hacia Israel recordaba una petición similar formulada en 1973 por Israel en el apogeo de la Guerra del Yom Kippur, “esto sólo puede significar una cosa”, dijo ese funcionario en ese momento, “estamos contra las cuerdas”.

A pesar de sus profundos recelos sobre la respuesta israelí (los recelos, aunque acallados, eran profundos e importantes y se extendieron hasta los estratos más altos de la Fuerza Aérea de EEUU), los altos oficiales militares estadounidenses se reservaron sus puntos de vista. Y por buenas razones: las críticas a Israel por pedir envíos de armas durante la guerra de 1973 provocaron la dimisión del entonces Jefe de la Junta de Estados Mayores (JCS, en sus siglas en inglés), el General George Brown. Brown se enfureció al ver que las armas y munición estadounidenses se enviaban a Israel mientras sus comandantes en Vietnam estaban protestando por la carencia de suministros en su guerra en el sureste Asiático.

El actual presidente de la JCS, Peter Pace, que permaneció notablemente silencioso durante la guerra entre Israel y Hezbolá, sabía historia, por lo tanto, se cuadró, saludó y se mantuvo callado. Pero la JCS y los altos comandantes militares no eran los únicos oficiales estadounidenses que estaban preocupados por la actuación de Israel. Aunque las nuevas municiones estadounidenses seguían su camino hacia Israel (vía Prestwick, Escocia), los funcionarios de la inteligencia hacían evaluaciones iniciales sobre los primeros días de guerra, incluyendo una indicación de que, a pesar de la sostenida ofensiva aérea israelí, Al-Manar seguía emitiendo en Beirut, aunque la IAF había destruido las frecuencias de emisión de otras cadenas importantes de Líbano. (Esto siguió siendo así durante toda la guerra, Al-Manar no dejó de emitir en ningún momento). ¿Cómo podía ser eficaz la campaña aérea israelí si no pudieron siquiera impedir las transmisiones de una cadena de televisión?

Se entendió que la llamada a filas de los reservistas de Israel suponía el refuerzo de las tropas que ya luchaban en el sur de Líbano y sumaría potencial para el asalto por tierra. El 22 de julio, las unidades de Hezbolá de la Brigada Nasr combatieron calle por calle contra las IDF en Maroun al-Ras. Aunque las IDF declararon al finalizar el día que habían tomado la ciudad, no fue así. La lucha había sido sangrienta, pero no desalojaron a los combatientes de Hezbolá. Muchos de los soldados de la Brigada Nasr habían pasado muchos días esperando el asalto israelí y, debido a la capacidad de Hezbolá para interceptar las comunicaciones militares de las IDF, los soldados israelíes chocaron contra unidades que estaban bien pertrechadas.

Los destacamentos de las IDF fracasaron continuamente al atacar los flancos de los defensores, encontrando contragolpes en el oeste de la ciudad. Equipos especiales de cazadores de asesinos, compuestos por tres hombres, de la Brigada Nasr destruyeron varios vehículos blindados israelíes durante el combate con misiles ligeros artificiales antitanques. “Sabíamos que iban a hacer eso”, dijo en aquel tiempo Ilay Talmor, un agotado segundo teniente israelí. “Este es un territorio que saben que les pertenece. Haríamos lo mismo si alguien viniera a nuestro país”.

Mientras las IDF continuaban insistiendo en que sus incursiones eran “de alcance limitado”, a pesar del llamamiento a miles de reservistas, los batallones de las IDF empezaron a formarse al sur de la frontera. “No estamos haciendo preparativos para una invasión de Líbano”, dijo Avi Pazner, un portavoz gubernamental de alto rango. Las IDF denominaron entonces a Maroun al-Ras su “primera avanzada” en el sur del Líbano. “Una combinación de ataques de la fuerza aérea, la artillería y la fuerza terrestre dejarán noqueado a Hezbolá sin tener que llegar al extremo de tener que invadir y ocupar”, dijo Pazner.

Se estableció así la diferencia entre “echar” a una fuerza e invadir y ocupar una ciudad, otra clara señal para los expertos militares de EEUU de que las IDF podían entrar en una ciudad pero no podían ocuparla. Un oficial estadounidense experto en historia militar comparó las incursiones de las IDF por el sur de Líbano con el sangriento ataque de Robert E Lee contra las posiciones de la Unión en Gettysburg, Pensilvania, durante la Guerra Civil Estadounidense. “Oh, puedo llegar hasta allí, ¡genial!”, dijo el teniente Lee durante aquella guerra, “el problema es mantenerme”.

Los informes de los comandantes de Hezbolá posteriores a los combates confirman ahora que las tropas de las IDF nunca se aseguraron completamente la zona fronteriza y tampoco llegaron a tomar completamente Maroun al-Ras. Hezbolá ni siquiera sintió la necesidad de llamar a sus reservistas, como había hecho Israel. “Sólo una brigada de 3.000 soldados de Hezbolá fue la que luchó durante toda la guerra”, dijo un experto militar en la región. “La Brigada Nasr combatió durante toda la guerra. Hezbolá nunca tuvo la necesidad de reforzarla”.

Los informes desde Líbano ratifican este punto. Los comandantes de Hezbolá encontraron, con gran sorpresa, que las tropas israelíes estaban escasamente organizadas y disciplinadas. La única unidad israelí que alcanzó niveles adecuados fue la Brigada Golani, según los observadores libaneses. Las IDF constituían “un surtido variopinto”, refirió un oficial con profundo conocimiento de la jerga estadounidense, “pero eso es lo que sucede cuando has pasado cuatro décadas disparando balas de goma contra mujeres y niños en Cisjordania y Gaza.”

Los comandantes de las IDF se sentían también perturbados por la actuación de sus tropas, que mostraban signos de falta de disciplina incluso entre los soldados regulares mejor entrenados. Los reservistas funcionaron aún peor y los comandantes de las IDF dudaban si lanzarlos a la batalla.

El 25 de julio estaba en pleno apogeo la estrategia de Olmert de retroceder desde el objetivo declarado al principio de destruir a Hezbolá. El Ministro de Defensa israelí Amir Peretz fue el portador de esas corrientes, diciendo que el objetivo actual de Israel era crear una “zona de seguridad” en el sur de Líbano y acompañó sus palabras de una amenaza: “si no hay una fuerza internacional que entre para controlar las fronteras, continuaremos dirigiendo nuestra artillería hacia todo el que se acerque a la delimitada zona de seguridad y sabrán que se les puede alcanzar”.

Irse muy de repente era una afirmación de que Israel destruiría a Hezbolá; irse era también una afirmación de que sólo la OTAN sería aceptada como unidad de paz en la frontera. El 25 de julio, Israel también informó de que Abu Yafar, un comandante del “sector central” de Hezbolá en la frontera libanesa, había muerto “en un intercambio de fuego” con las tropas israelíes cerca del pueblo fronterizo de Maroun al-Ras, que todavía no había sido tomado. La noticia no era verdad. Abu Yafar hizo comentarios públicos una vez terminada la guerra.

Posteriormente, el 25 de julio, durante la visita de la Secretaria de Estado de EEUU Condoleezza Rice a Jerusalén, los militares israelíes siguieron luchando en Bint Jbeil, llamándola la “capital del terrorismo de Hezbolá”. La lucha por Bint Jbeil duró nueve días, pero siguió en manos de Hezbolá hasta el fin del conflicto. Para entonces, la ciudad estaba destruida aunque los combatientes de Hezbolá sobrevivieron a los repetidos bombardeos aéreos y de artillería, retirándose a sus búnker durante los peores momentos de la campaña y reapareciendo sólo cuando, en operaciones posteriores, las tropas de las IDF intentaban hacerse con la ciudad.

Las tácticas de Hezbolá recordaban a las seguidas por el ejército norvietnamita durante los días iniciales del conflicto de Vietnam, cuando los comandantes norvietnamitas decían a sus tropas que necesitaban “aguantar las bombas” y después luchar contra los estadounidenses mediante acciones de pequeñas unidades. “Debéis agarrarlos por las hebillas de sus cinturones”, dijo un comandante vietnamita para describir esas tácticas.

El 24 de julio, dando otra señal de su inminente fracaso en Líbano, Israel lanzó los primeros miles de bombas de racimo contra lo que denominó “emplazamientos de Hezbolá” en el sur de Líbano. Las bombas de racimo son una eficaz, aunque indecente, arma de combate y aquellas naciones que las usan, incluido cada miembro individual de la OTAN (así como Rusia y China), han rechazado constantemente suscribir un acuerdo internacional que prohibe su uso.

Sin embargo, las naciones-estado más responsables que las usan “duplican los fusibles” de sus municiones para reducir la proporción de fallos de las “bombas pequeñas” una vez que han sido lanzadas. Durante la administración del presidente Bill Clinton, el secretario de defensa William Cohen estuvo de acuerdo con la doble fusión de las bombas de racimo estadounidenses y con retirar paulatinamente de las reservas de EEUU las municiones con “alta tasa de fallos”, intentándose reducir la proporción de fallos de estas municiones del 14% (algunos estiman que es más alta) a menos del 3% (aunque algunos estiman que es más baja).

Aunque aún no están completas las investigaciones sobre el uso por Israel de esta munición, en la actualidad parece claro que las IDF lanzaron munición de fusión única. Informes recientes de la prensa israelí indican que los oficiales de artillería alfombraron docenas de pueblos libaneses de bombas pequeñas, de la forma más cercana que uno pueda imaginar a la definición de uso “indiscriminado” del potencial armamentístico.

La munición israelí bien pueden haberse adquirido de reservas desfasadas de EEUU que no tenían doble fusión, haciendo así cómplices a los EEUU de los objetivos indiscriminados. Tal conclusión parece encajar con la secuencia del reabastecimiento de munición a Israel del 22 de julio. Las IDF pueden haber sido capaces de descargar estas municiones y desplegarlas con la rapidez suficiente como para haber creado la catástrofe de munición de racimo que todavía asola a Líbano y que empezó el 24 de julio.

El 26 de julio, los oficiales de las IDF admitieron que las 24 horas anteriores a su lucha en Bint Jbail fue “el día más duro de los combates en el sur de Líbano”. Tras fracasar por la mañana en la tentativa de arrebatarle la ciudad a Hezbolá, los comandantes de las IDF decidieron enviar a su Brigada de elite Golani. Por la tarde murieron 9 soldados de la Brigada Golani en dos horas y 22 resultaron heridos. A última hora de la tarde, las IDF desplegaron a su Brigada de Paracaidistas de elite hasta Maroun al-Ras, donde desde hacía tres días se combatía contra integrantes de la Brigada Nasr.

El 27 de julio, en respuesta al fracaso de sus unidades a la hora de tomar esas ciudades, el gobierno israelí acordó llamar a tres divisiones más de reservistas, en total 15.000 soldados. Sin embargo, el 28 de julio, el serio fracaso de la IAF en sus intentos de detener los ataques con cohetes de Hezbolá ya era incontestable. Ese día, Hezbolá lanzó un nuevo cohete, el Jaibar-1, que cayó sobre Afula.

El 28 de julio, la gravedad de los fallos de la inteligencia de Israel llegó a conocimiento del público israelí. Ese día los oficiales del Mossad filtraron la información de que, en su opinión, Hezbolá no había sufrido una reducción importante en sus capacidades militares y que la organización podría seguir en el conflicto durante varios meses más. Las IDF no estuvieron de acuerdo, declarando que Hezbolá había sufrido graves daños. Estaban apareciendo las primeras grietas en la comunidad de la inteligencia israelí.

Algunos expertos de EEUU también empezaron a cuestionar la estrategia y capacidad de Israel. La conservadora Brookings Institution publicó un comentario de Philip H Gordon (que culpó a Hezbolá por la crisis) aconsejando: “La cuestión no es si Hezbolá es responsable de esta crisis –que lo es- o si Israel tiene derecho a defenderse –que lo tiene- sino si esta estrategia particular (con una campaña aérea sostenida) funcionará. No funcionará. No conseguirá disminuir la potencia de Hezbolá, porque sencillamente es imposible eliminar mediante una campaña aérea miles de cohetes pequeños, móviles, ocultos y que se pueden reabastecer fácilmente”.

El comentario de Gordan reflejaba los puntos de vista de un número cada vez mayor de oficiales militares que se precipitaban a quitar el polvo de sus propios planes aéreos en el caso de una orden de la Casa Blanca señalando como objetivos las zonas nucleares iraníes. “Hay una percepción general equivocada de que la Fuerza Aérea [de EEUU] se entusiasmó con la guerra israelí contra Líbano”, nos dijo un experto en Oriente Próximo en contacto con altos funcionarios del Pentágono. “Estaban horrorizados. Conocen bien los límites de su poder y saben hasta dónde se puede llegar”.

“Les parecía [a los oficiales de la Fuerza Aérea de EEUU] que Israel había desperdiciado el manual en Líbano. No fueron quirúrgicos, no fueron precisos y, ciertamente, no fueron elegantes. No puedes cubrir un país de hierro y confiar en ganar.”

Las frías y duras cifras de la guerra pusieron de relieve la falacia de las campañas aérea y terrestre israelíes. Antes del conflicto, Hezbolá guardaba en arsenales secretos más de 18.000 cohetes. Esos sitios fueron reforzados contra los ataques israelíes y salieron indemnes de la campaña aérea. Los oficiales de Hezbolá calcularon que desde el momento en que disparaban sus cohetes hasta que la IAF podía identificar y desplegar combatientes para sacar sus cohetes móviles pasaban 90 segundos. A través de años de diligente entrenamiento, los equipos que manejaban los cohetes de Hezbolá habían aprendido a desplegar, disparar y camuflar con seguridad sus lanzaderas móviles en menos de 60 segundos, con el resultado de que los aviones y helicópteros de la IAF (que Israel tiene en cifras mucho menores de las que alardea) no podían parar el fuego continuo de cohetes hacia Israel (“Israel está a una distancia de unos tres helicópteros de un desastre total”, comentó un oficial militar estadounidense).

Hezbolá disparó unos 4.000 cohetes hacia Israel (una cifra más precisa, aunque insegura, indica que dispararon unos 4.180 cohetes), reduciendo sus reservas a 14.000 cohetes, suficientes para poder proseguir guerra durante, al menos, tres meses más.

Por otra parte, y lo que es más importante, los combatientes de Hezbolá demostraron que eran entregados y disciplinados. Utilizando medios de inteligencia para detectar las penetraciones de la infantería israelí, demostraron ser tan buenos como los de las mejores unidades de combate israelíes. En algunos casos, las unidades israelíes fueron derrotadas en el campo de batalla, en otros, obligadas a repentinas retiradas o forzadas a confiar en la cobertura aérea para que sus elementos no fueran atrapados. El 9 de agosto, hacia el final de la guerra, las IDF anunciaron que habían muerto 15 de sus reservistas y 40 habían resultado heridos en los combates en los pueblos de Marjayoun, Jiam y Kila, una proporción de bajas sorprendente para un pedazo marginal de territorio.

La fuerte defensa de Hezbolá se cobró también su factura en los blindados israelíes. Cuando Israel accedió finalmente a llegar a un alto el fuego y empezó a retirarse de la zona fronteriza, se dejó atrás más de 40 vehículos blindados, casi todos ellos destruidos por los misiles antitanques AT-3 “Sagger”, que fueron expertamente desplegados (Sagger es el nombre que la OTAN aplica al vehículo fabricado por Rusia, de manejo manual, guiado por cable, que es la segunda generación de los Malyutka 9M14 o “Little Baby”).

Con un alcance de 3 kilómetros, los Sagger probaron ser enormemente certeros al impactar contra los tanques israelíes, un hecho que los comandantes de los blindados israelíes debían haber previsto, sobre todo porque los misiles Sagger desplegados por Hezbolá son la versión antigua (desarrollada y desplegada en 1973) de otra más moderna que se puede ocultar y desplegar más fácilmente y tienen un cabezal más grande. Si las IDF no pudieron proteger sus blindados contra la versión de “segunda generación” de los de 1973, sus comandantes deben de estar preguntándose como podrían protegerse contra un modelo más moderno, más sofisticado y más mortífero.

Antes de que se pusiera en práctica el alto el fuego, el establishment político israelí decidió lanzar a los paracaidistas israelíes en zonas clave a lo largo del Río Litani. La decisión se tomó, aparentemente, para convencer a la comunidad internacional de las normas de actuación para que una fuerza de Naciones Unidas se extendiera desde el sur del Litani. Una petición así no podía hacerse a menos que Israel afirmara de forma creíble que había evacuado esa zona del Líbano hasta el Litani.

Para conseguir ese objetivo, transportó a bastante fuerza aérea a zonas clave justo al sur del Litani. La decisión podía muy bien haber llevado al desastre. La mayoría de las fuerzas israelíes transportadas a esos sitios se vieron inmediatamente rodeadas por unidades de Hezbolá y podían haber sido destrozadas, con lo que el alto el fuego no habría surtido efecto. La decisión política enfureció a los oficiales retirados de las IDF, uno de los cuales acusó a Olmert de “despistar al ejército”, utilizando a los militares para objetivos de relaciones públicas.

Quizá el signo más contundente del fracaso militar israelí se deduzca al contar los muertos y heridos. Israel afirma ahora que mató entre 400 y 500 combatientes de Hezbolá y que sus bajas eran significativamente menores. Pero un recuento más preciso muestra que las bajas israelíes y las de Hezbolá fueron casi iguales. Para los chiíes (y para Hezbolá) resulta imposible permitir un enterramiento de sus mártires que no sea honorable, por eso en esta ocasión es una mera cuestión de contar funerales. Se celebraron menos de 180 funerales para los combatientes de Hezbolá –casi igual al número de muertos del lado israelí-. Ese número puede revisarse al alza: la información más reciente con la que contamos, procedente de Líbano, nos dice que el número de funerales por los mártires chiíes en el sur puede ser ahora exactamente de 184.

Pero, de cualquier manera, ya sea en cohetes, vehículos blindados o cifras de muertos o heridos, la lucha de Hezbolá contra Israel se puede valorar como una victoria decisiva política y militar. Aunque hubiera sido de otra forma, y está claro que no fue así, el impacto total de la guerra de Israel contra Hezbolá durante el período de 34 días a lo largo de julio y agosto ha causado un terremoto político en la región.

La derrota militar de Israel por Hezbolá ha sido decisiva, pero la derrota política de Estados Unidos -que de forma incuestionable se alineó con Israel durante el conflicto y rechazó intervenir para ponerle fin- ha resultado catastrófica y tendrá un impacto duradero sobre el prestigio estadounidense en la región.

PARTE 3: Ganando la guerra política
Con motivo del conflicto Israel-Hezbolá, en Egipto se realizó un sondeo público transversal con su ciudadanía dándoles a elegir entre los dos dirigentes políticos que más admiraban. Un número abrumador de egipcios eligió a Hassan Nasralá. Y en segundo lugar al presidente iraní Mahmud Ahmadineyad.

El resultado del sondeo suponía no sólo un claro rechazo al presidente egipcio Hosni Mubarak, que había dado a conocer sus puntos de vista en contra de Hezbolá al comienzo del conflicto, sino también de los dirigentes sunníes, incluyendo al Rey saudí Abdulá y al Rey jordano Abdulá II, que criticaron al grupo chií en un intento confesado de que el mundo sunní dejara de apoyar a Irán.

“Al finalizar la guerra, esos tipos se tiraban de los pelos”, dijo un diplomático estadounidense a finales de agosto desde la región. “¿A qué no han oído hablar mucho de ellos en los últimos tiempos?”

Mubarak y los dos Abdulás no son los únicos que se tiran de los pelos por el colofón del conflicto: la política exterior de EEUU en la región, incluso a la luz de su cada vez más desesperado despliegue en Iraq, es un desastre total. “Eso significa que todas las puertas se nos cierran, en El Cairo, Ammán, Arabia Saudí”, afirmó otro diplomático. “Nos han reducido los contactos. Nadie nos quiere ver. Cuando llamamos por teléfono, nadie contesta”.

Como talismán de ese colapso puede observarse el itinerario de la secretaria de estado estadounidense Condoleezza Rice, cuya incapacidad para persuadir al presidente George W Bush para que detuviera los combates y sus referencias al conflicto como que marcaba “las contracciones del nacimiento” de un nuevo Oriente Próximo, destruyeron en efecto su credibilidad.

EEUU ha dejado claro que intentará recuperar su posición apoyando un plan de paz israelo-palestino que anunciará, pero el continuo estrangulamiento que llevan a cabo contra el gobierno democráticamente constituido de la Autoridad Palestina, ha transformado esa promesa en un programa político que nace muerto. Y eso se ve ya nítidamente. En medio de la guerra, un funcionario europeo en El Cairo dijo lo siguiente sobre las emociones que enturbiaban el entorno político egipcio: “Los dirigentes egipcios bajan por una acera de la calle y el pueblo egipcio baja por la otra”.

El catastrófico fracaso de las armas israelíes ha mantenido la reivindicación iraní de ser los líderes del mundo musulmán en varias áreas importantes:

Primera, la victoria de Hezbolá ha demostrado que Israel –y cualquier fuerza militar occidental moderna y tecnológicamente sofisticada- puede ser derrotado en combate abierto si se emplean las tácticas militares adecuadas y se sostienen durante un período prolongado. Hezbolá ha proporcionado el modelo para derrotar a un ejército moderno. Las tácticas son sencillas: aguantar la primera oleada de campaña aérea occidental, luego desplegar fuerzas que sepan manejar bien una serie de cohetes dirigidos contra objetivos clave del enemigo, -militares y económicos-, después aguantar una segunda campaña aérea más fuerte y, a continuación, prolongar el conflicto durante un período extenso. En algún momento, como ocurrió en el caso del ataque de Israel contra Hezbolá, el enemigo se verá obligado a movilizar tropas terrestres para conseguir lo que sus fuerzas aéreas no pudieron. Es en esta última y crítica fase, cuando una fuerza entregada, bien entrenada y bien dirigida puede infligir un daño enorme a un sistema militar moderno y derrotarlo.

Segunda, la victoria de Hezbolá ha demostrado a la gente del mundo musulmán que la estrategia utilizada por los gobernantes árabes y musulmanes aliados de Occidente –una política de satisfacer los intereses estadounidenses con la esperanza de obtener recompensas políticas sustantivas (reconocimiento de los derechos palestinos, asignación justa de precios a los recursos de Oriente Próximo, no interferencia en las estructuras políticas de la región y elecciones abiertas, libres y justas)- puede que ya no funcione y no funcionará. La victoria de Hezbolá proporciona otro modelo diferente, el de hacer añicos la hegemonía estadounidense y destruir su peso en la región. De los dos sucesos más recientes que han tenido lugar en Oriente Próximo, la invasión de Iraq y la victoria de Hezbolá sobre Israel, el segundo es con mucho el más importante. Incluso otros grupos que están en contra de Hezbolá, incluidos los que están asociados con movimientos sunníes de resistencia que consideran como apostatas a los chiíes, se han mostrado humildes.

Tercera, la victoria de Hezbolá ha tenido un impacto destructor sobre los aliados de EEUU en la región. Una vez acabada la guerra a mediados de agosto, los oficiales israelíes de inteligencia calcularon que Hezbolá podría haber proseguido con los combates durante más de tres meses. Los cálculos de Hezbolá habían coincidido con los hallazgos israelíes, sin embargo hay que advertir que ni Hezbolá ni el liderazgo iraní podían predecir qué hacer tras una victoria de Hezbolá. Mientras los servicios de inteligencia jordanos impidieron cualquier manifestación a favor de Hezbolá, los de Egipto luchaban por controlar la cada vez mayor indignación pública por el bombardeo israelí de Líbano.

El apoyo abierto a Hezbolá de todo el mundo árabe (incluyendo, extrañamente, el despliegue de retratos de su líder Hassan Nasralá en medio de las celebraciones cristianas) ha puesto en guardia a los gobernantes árabes que están más cercanos a EEUU: otra erosión en su estatus podría hacer que perdieran el control de sus propias naciones. Parece probable que como consecuencia de todo ello, Mubarak y los dos Abdulás no están muy dispuestos a apoyar cualquier programa estadounidense que pida presiones militares, políticas o económicas sobre Irán. Una futura guerra –una posible campaña militar de EEUU contra las instalaciones nucleares iraníes- podría no derrocar al gobierno de Teherán, en cambio, podría derrocar a los gobiernos de Egipto, Jordania y quizá Arabia Saudí.

Hacia el final de la guerra, en un momento clave de la confrontación Israel-Hezbolá, los líderes de partidos islámicos de una serie de países se preguntaron si podrían continuar controlando sus movimientos o si, como se temían, la acción política pasaría a manos de los revolucionarios y capitanes de la calle. La idea singular, ahora común en los círculos de inteligencia de EEUU, es que era Israel (y no Hezbolá) quien, el 12 de agosto, buscaba una forma de salir del conflicto.

Cuarta, la victoria de Hezbolá ha debilitado peligrosamente al gobierno israelí. En 1973, el primer ministro de Israel Menachem Begin, al perder Israel su última guerra, decidió aceptar una propuesta de paz del presidente egipcio Anwar Sadat. El avance fue de hecho bastante modesto, ya que ambas partes eran aliadas de EEUU. Ningún avance de ese tipo tendrá lugar como consecuencia de la guerra Israel-Hezbolá.

Israel cree que ha perdido sus capacidades de disuasión y que debe recuperarlas. Algunos funcionarios israelíes en Washington confirman ahora que no es una cuestión de “si” Israel irá de nuevo a la guerra sino de “cuándo”. Todavía es difícil determinar cuándo puede hacer algo así. Para luchar y ganar contra Hezbolá, Israel necesitará entrenar y recuperar su ejército. Igual que EEUU tras la debacle de Vietnam, Israel tendrá que reestructurar su mando militar y reconstruir sus activos de inteligencia. Eso le llevará años, no meses.

En futuras operaciones, puede que Israel opte por el despliegue de armas incluso más potentes contra objetivos aún mayores. Considerando su actuación en Líbano, esos usos de armas más potentes podrían significar una respuesta todavía más dura. Esto no es imposible. Un ataque estadounidense sobre instalaciones nucleares es probable que se responda con un ataque de misiles iraníes sobre instalaciones nucleares israelíes –y sobre centros de población israelíes-. Nadie puede predecir cómo reaccionará Israel ante un ataque así pero está claro que (teniendo en cuenta la posición de Bush en el reciente conflicto) EEUU no haría nada para detenerlo. La “casa de cristal” de la región del Golfo Pérsico, convertida en blanco de los misiles iraníes, seguramente se vendría abajo estrepitosamente.

Quinta, la victoria de Hezbolá significa el fin de cualquier esperanza de solución del conflicto israelo-palestino, al menos a corto y medio plazo. Incluso las figuras políticas israelíes consideradas normalmente “progresistas” verían socavada su posición política con llamamientos estridentes de más fuerza, más tropas y más bombas. En encuentros privados con sus aliados políticos, el presidente palestino Mahmoud Abbas, castigó a quienes aplaudieron la victoria de Hezbolá, llamándoles “seguidores de Hamás” y “enemigos de Israel”. Abbas está en una posición mucho más delicada: el apoyo de su pueblo hacia Hamás sigue en pie, como también su servil [de Abbas] acuerdo con George W Bush, quien le dijo en los encuentros colaterales del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que pusiera fin a todos los intentos de formar un gobierno de unidad con sus conciudadanos.

Sexta, la victoria de Hezbolá ha tenido la muy desgraciada consecuencia de cegar al liderazgo político israelí frente las realidades de su posición geoestratégica. En medio de la guerra contra Líbano, el primer ministro israelí Ehud Olmert adoptó el lenguaje de Bush sobre la “guerra contra el terrorismo”, recordando a su ciudadanía que Hezbolá era parte “del eje del mal”. Bush había reforzado esos comentarios durante su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas, en el que mencionó en cinco ocasiones tanto a al Qaeda como a Hezbolá y a Hamás. EEUU e Israel han metido ahora en el mismo saco a los grupos islamistas que desean participar en los procesos políticos de sus propias naciones y a los takfiris y salafistas [*], que son partidarios de incendiar toda la región.

Ahora Israel no puede contar ni con sus seguidores estadounidenses más firmes, esa red de neocon para los que Israel es una isla de estabilidad y democracia en la región. La desaprobación de esos neocon por la actuación de Israel es casi palpable. Con amigos como esos, ¿quién necesita enemigos? Es decir, el conflicto israelí en Líbano ha reflejado con precisión a los expertos que han valorado el conflicto Israel-Hezbolá como una guerra de poder. Nuestro colega Jeff Aronson señalaba que “si fuera por EEUU, Israel estaría todavía combatiendo”, y añadió: “EEUU luchará en la guerra contra el terrorismo hasta la última gota de sangre israelí”.

La continua debilidad del liderazgo político israelí y el hecho de que se niegue a reconocer la profundidad de su derrota es una realidad muy preocupante para EEUU y para todas las naciones árabes. Israel había probado que, en épocas de crisis, podía conformar una estrategia diplomática creativa y maniobrar hábilmente para recuperar su posición. Había probado también que tras una derrota militar era capaz de una autocrítica honesta y transparente. La fortaleza de Israel ha estado siempre en su capacidad para el debate público, aunque ese debate cuestionara su sacrosanta institución, “las Fuerzas Armadas Israelíes”. En momentos clave de la historia de Israel, la derrota ha llevado a la reflexión y no, tal como parece ahora probable, a una escalada de la ofensiva militar contra Hamás –la oveja negra de Oriente Próximo- para demostrar todo lo duro que puede ser.

“El hecho de que Oriente Próximo se haya radicalizado por la victoria de Hezbolá supone un buen ejemplo para continuar matándolos”, dijo recientemente un oficial israelí. Ese camino llevará al desastre. A la vista de la incapacidad estadounidense para activar las palancas de cambio en Oriente Próximo, hay esperanza entre algunos en Washington de que Olmert muestre el coraje político para empezar el largo proceso de encontrar la paz. Ese proceso será penoso, implicará largas y difíciles discusiones y puede que signifique una ruptura con el programa estadounidense para la región. Pero EEUU no vive en la región e Israel sí. Aunque sea penoso guiar un diálogo político con sus vecinos, se probará que es menos penoso que perder una guerra en Líbano.

Séptima, la posición de Hezbolá en Líbano se ha visto enormemente fortalecida, como también la posición de su aliado más importante. En el cenit del conflicto, muchos cristianos libaneses acogieron a los refugiados de Hezbolá en sus casas. El líder cristiano Michel Aoun apoyó abiertamente la lucha de Hezbolá. Un dirigente de Hezbolá dijo: “No olvidaremos nunca lo que ese hombre hizo por nosotros, nunca, durante toda una generación”. La posición de Aoun fue aplaudida entre los chiíes y su propia posición política se ha visto así reafirmada.

Por otra parte, el liderazgo sunní se ha visto fatalmente minado por su incierta postura y las ausencias de su patrón ante su propia comunidad. En la primera semana de la guerra, las acciones de Hezbolá fueron acogidas con amplio escepticismo entre la población sunní. Al final de la guerra, su apoyo era sólido y se extendía por todas las divisiones sectarias y políticas de Líbano. El liderazgo sunní tiene ahora una opción: puede formar un gobierno de unidad con nuevos dirigentes que creen un gobierno más representativo o puede aguantar hasta las elecciones. No se necesita mucha inteligencia para saber qué opción tomará Saad Hariri, el dirigente de la mayoría en el parlamento libanés.

Octava, la posición de Irán en Iraq se ha visto bastante reforzada. En medio del conflicto de Líbano, el secretario de defensa de EEUU Donald Rumsfeld manifestó en privado su preocupación porque la ofensiva israelí tuviera consecuencias funestas para el ejército estadounidense en Iraq, que se enfrenta con la hostilidad creciente de los dirigentes políticos y población chiíes. La declaración de Rice sobre que las manifestaciones a favor de Hezbolá que tuvieron lugar en Bagdad estuvieron planeadas por Teherán, reveló su ignorancia de los hechos políticos más esenciales de la región. Los secretarios de estado y defensa estadounidenses sencilla e inexplicablemente ignoraban que los Sadrs de Bagdad mantuvieran alguna relación con los Sadrs de Líbano. Que el primer ministro iraquí Nuri al-Maliki no castigara a Hezbolá y que se alineara con Israel durante el conflicto –y en medio de una visita oficial a Washington- fue considerado escandaloso por el establishment político en Washington, aunque el “Hezbolá de Iraq” sea uno de los partidos presentes en el actual gobierno de coalición iraquí.

Hemos dicho que ni el Pentágono ni el Departamento del Estado entendieron cómo la guerra de Líbano podía afectar a la posición estadounidense en Iraq porque ni el Pentágono ni el Departamento de Estado pidieron un informe sobre el asunto a sus servicios de inteligencia. EEUU gasta cada año miles de millones de dólares en sus actividades de recogida y análisis de inteligencia. Dinero tirado a la basura.

Novena, la posición de Siria ha salido fortalecida y el programa franco-estadounidense para Líbano ha fracasado. No hay perspectivas de que Líbano forme un gobierno que sea servilmente proestadounidense o antisirio. Que el presidente sirio Bashar al-Assad pudiera sugerir, como consecuencia de la guerra, un acuerdo político con Israel muestra su fuerza, no su debilidad. Que pudiera sacar las conclusiones correctas del conflicto y creyera que también podía oponerse con éxito a Israel también es posible.

Pero además de estas posibilidades, la historia reciente muestra que esos miles de estudiantes y patriotas libaneses que protestaban, tras la muerte de Rafiq Hariri, por las implicaciones de Siria en el Líbano, encontraron irónico que tuvieran que refugiarse de los bombardeos israelíes en ciudades de tiendas de campaña montadas por el gobierno sirio. Rice tiene razón en una cosa: la voluntad de Siria de proporcionar cobijo a los refugiados libaneses fue un mero acto de cinismo político, al que EEUU parece incapaz de contestar. Siria confía ahora en su posición política. En la etapa anterior, esa confianza permitió que Israel conformara una apertura política hacia el más intransigente de sus enemigos políticos.

Décima, y quizás la más importante, está claro ahora que un ataque estadounidense sobre las instalaciones nucleares iraníes va a encontrar muy pocos apoyos en el mundo musulmán. Se podría encontrar también con una respuesta política que colapse los últimos vestigios del poder político de EEUU en la región. Lo que se pensaba que era un “hecho” hace sólo unas pocas semanas, ahora aparece como algo muy improbable. Irán no se va a sentir intimidado. Si EEUU se lanza a una campaña militar contra el gobierno de Teherán, es probable que los amigos de EEUU se queden por el camino; a los estados árabes del Golfo van a empezar a temblarles las rodillas; los 138.000 soldados estadounidenses en Iraq serán rehenes de una iracunda población chií; e Irán responderá atacando a Israel. Nos atreveríamos a enunciar lo obvio: si ese ataque se produjera, EEUU saldría derrotado.

Conclusión
La victoria de Hezbolá en su reciente conflicto con Israel es mucho más importante de lo que piensan muchos analistas de EEUU y Europa. La victoria de Hezbolá revoca la tendencia de 1967: una derrota contundente de Egipto, Siria y Jordania que cambió las ilustraciones políticas de la región, colocando en su lugar regímenes que se doblegaban adaptando sus políticas exteriores para reflejar el poder estadounidense e israelí. Ese poder ahora se ha mancillado y revocado y está surgiendo un nuevo liderazgo en la región.

La lección singular del conflicto puede perderse por las altas esferas de las elites políticas favorables a Israel de Washington y Londres, de su “estamos luchando por la civilización”, pero esa lección no se perderá por las calles de El Cairo, Amán, Ramala, Bagdad, Damasco o Teherán. No debería perderse entre el liderazgo político israelí en Jerusalén. Los ejércitos árabes de 1967 lucharon seis días y fueron derrotados. La milicia de Hezbolá en Líbano combatió durante 34 días y ganó. Lo vimos con nuestros propios ojos cuando mirábamos los cafés de El Cairo y Amán, donde sencillos tenderos, campesinos y trabajadores miraban fijamente la información que ofrecía la televisión, bebían lentamente a sorbos su té, y silenciosamente se decían a sí mismos: “siete”, “ocho”, “nueve”…

N. de T.:

[*] Takfiris, extremistas islamistas que siguen una ideología exclusivista violenta. Los takfiri consideran que los musulmanes que no comparten sus ideas han abandonado el Islam, constituyéndose así en objetivos legítimos a atacar. Su ideología pide la muerte de cualquier no musulmán.

Salafistas, movimiento contemporáneo del islamismo sunní. Insisten en que sus creencias siguen sencillamente el Islam puro que practicaron las tres primeras generaciones de musulmanes que seguían las hadiths [tradiciones que contienen las palabras y hechos] del profeta Muhammad y que no deben ser considerados una secta.

Alastair Crooke y Mark Perry son codirectores de “Conflicts Forum”, un grupo con sede en Londres dedicado a abrir una oportunidad al Islam político. Crooke fue anteriormente asesor del Alto Representante de la UE Javier Solana y participó en la Comisión Mitchell que investigó las causas de la segunda Intifada. Perry es asesor político en Washington DC, autor de seis libros sobre la historia estadounidense y antiguo consejero de Yaser Arafat.

(La investigación para elaborar este artículo fue llevada a cabo por Madeleine Perry)

Textos originales en inglés: Parte1, Parte 2, Parte 3.

Sinfo Fernández y Sonia Martínez son traductoras de Rebelión. Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a los autores, las traductoras y la fuente. URL de este artículo: http://www.tlaxcala.es/pp.asp?reference=1438&lg=es



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